miércoles, 28 de octubre de 2015

La Calle de los Mendigos

Mario Levrero
Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.
Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.
Tampoco enciende, ahora.
En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.
Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.
Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño destornillador.
Tengo una colección de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N° 2, o el N° 3.
Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; ésta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro.
El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo -a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor- la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.
Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica, tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.
Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí que hay tornillos insospechados; pero el número uno es ya demasiado pequeño para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y aun el N° 7.
Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas dentadas.
Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior (y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño -especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lógico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por ello, parecer más pesado.
Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido (lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque -muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque.
A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores.
No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es más que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.
Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.
Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor. Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atención el peso.
De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad, se descomponga en cada uno de sus elementos.
Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia, quizás pudiera afirmar que es casi esférica.
Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitación.
Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.
Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos, diría «muelles»; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de él.
«Debo regresar a buscar la linterna», pensé, y ya me disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis ojos. «Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré» -pienso y sigo arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.
Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.
Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo más intensa -quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de una vela-; no logro aún localizar su fuente.
Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque ligeramente encorvado.
Escucho gemidos.
«Es la calle de los mendigos» -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas.
En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados, las cortinas metálicas bajas.
«Debo buscar un bar que esté abierto» -pienso-. «Necesito cigarrillos, y fósforos».




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lunes, 18 de mayo de 2015

El capitalismo nos salvará

Leía ayer, en la sala de espera de un bufete de abogados, esa visión del mundo políticamente correcta llamada “El País Semanal”, revista donde todo el mundo hace declaraciones solidarias, estilosas, y con la dosis de rebeldía adecuada para sentirnos inteligentes y llenos de buenas intenciones. En fin, a lo que iba. Entrevistaban a un escritor inglés que exponía su opinión, que no era otra que ésta: es el capitalismo y no la bondad humana lo que puede hacer que revirtamos el cambio climático en el que ya estamos metidos. 
No puedo sino de coincidir al 100% con esa visión. El ser humano es como es, ni bueno ni malo, sino interesado. El ansia por el dinero nos ha metido en el agujero económico en el que hoy vive medio mundo. Pero, si las energías verdes son negocio, esa misma ansia de rentabilidad será la que consiga que dejemos de extraer millones de toneladas de un aceite viscoso y negro de las entrañas de la tierra para quemarlo alegremente y soltarlo a nuestra frágil atmósfera. Eso, y no el amor por el cielo azul es lo que conseguirá salvarnos, aunque este último pueda generar bonitas poesías.
¿Cinismo? Lo dudo. Más bien realismo. La inversión necesaria para reconvertir todos los procesos productivos,  extractivos y motores que actualmente utilizan combustibles fósiles hacia las fuentes de energía renovables o acaso menos agresivas con el medio ambiente, no va a salir de la inversión pública, ni de la planificación de ningún ministerio de economía. Ni de Greenpeace, ni de aportes solidarios. Nos guste o no, va a salir de los banqueros, de esos mismos que han hinchado la burbuja inmobiliaria. Y se forrarán (otra vez) con ello. Mejor aceptarlo, para luego no sentirse estafado. 
 Pero la clave para que ocurra esto y no acabemos con una temperatura mundial promedio dos grados más alta (lo que permitiría hacer champán en Inglaterra, pero también cultivar dátiles en Asturias), es, como parece obvio, saber canalizar la voracidad capitalista hacia los objetivos adecuados. Los reguladores son por tanto la llave. Martin Fieldstman lo reflejó en la parábola del hombre en el campamento: una persona está aislada en un campamento inhóspito en la Antártida, a más de cien kilómetros de cualquier punto civilizado, con dos kilos de maíz y una jauría de cuatro perros semisalvajes como única compañía. Si consigue atarlos a un trineo y controlarlos a latigazos, tal vez pueda salvar la distancia y encontrar ayuda, habrán sido su salvación. Si por el contrario no los sabe controlar, éstos se abalanzarán sobre la última reserva de comida del campamento, para luego irse en búsqueda de otras presas. Los mismos perros habrán sido su perdición. 
Aunque claro, si tenemos reguladores como los que tenemoscreo que será mejor irnos acostumbrando a la carne de perro.

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miércoles, 15 de octubre de 2014

LA MARCHA MARRÓN

ACTUALIZACIÓN 10/ 2014:  Tras ser vapuleado y acusad de cavernícola y jimenezlosantista, parece que la realidad es tozuda. Y que el héroe sindical de Rodiezmo era un simple cacique corrupto que encima cometió la estupidez de acogerse a la moratoria fiscal (que a estas alturas ya se puede calificar como la mejor maniobra anti-corrupción de la historia de la democracia). Y la marcha negra no era sino una manipulación de masas interesadas, realizada para mantener su status político y económico. Manipulación de masas que todos los "solidarios" que se derriten ante un casco con linterna y una cara tiznada defendieron con uñas y dientes (país). Valga pues la situación para re-reivindicar la marcha marrón. Nosotros los oficinistas no tenemos tarjetas negras de Bankia ni líder corrupto de altura caciquil. Nuestro líder es tan solo Ramírez el de auditoría interna, un señor bajito calvo y con gafas que lleva treinta años haciendo informes de auditoría que nadie lee, con un citröen GS de treinta y cinco años de antigüedad y al cual le dejó la señora hace quince, por lo que vive en un estudio cuchitrilesco del barrio de Villaverde.. Es patético y a todos nos da pena (más aún que la que nos damos a nosotros mismos, que ya es decir), pero corrupto, pues no, no lo es, no sabemos si porque no ha querido, porque no le han dejado, o porque es tonto.
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05/2012
¿No hacen los mineros su marcha negra?
Pues yo y otros 15.000 pringaillos vamos a hacer la marcha marrón.
Estará compuesta por aquellos que decidimos estudiar una larga carrera de cinco años en vez de dedicarnos a otras vias mas rapidas de conseguir dinero (la mina, la obra, montar toldos..), y en muchas ocasiones tuvimos que irnos de nuestra provincia en vez de quedarnos  en el pueblico, bien pegados a la familia.
Estará compuesta por los que después de estudiar un título cogimos trabajos en los que tendremos que currar hasta los 67 para poder cobrar una mísera pensión  (en vez de los ocho años que deben trabajar los mineros para cobrar de por vida jugosas prejubilaciones).
Estará compuesta por aquellos que saben que sus  trabajos son rentables para sus empresas, y  no dependen de la ayuda pública (es decir del dinero del resto de españoles).
Son trabajos que se van al carajo si la empresa quiebra, porque no hay un presidente socialista que vaya a salvar nuestra puta empresa soltando miles de millones sólo para que  no le piten en Rodiezmo.
Son trabajos con mucho menos romanticismo y glamour que eso de bajar a la mina, con el casco, la luz y el pañuelo rojo anudado. Así que no podremos marchar con el puño en alto y la expresión de “somos el pueblo”. Iremos de camisa con corbata levantando brazo en alto una grapadora, o como mucho una agujereadora de hojas.
Será mucho menos chulo, es verdad. No vendrá ni Pilar Bardem ni Ana Belén a animarnos, y seguro que nos llamarán “mantas” y nos escupirán desde los arcenes.  Además no quemaremos neumáticos ni cortaremos carreteras (es que somos tan jilipollas que nos gusta ser respetuosos con la ley sabe usted?)
Llegaremos a Madrid y nos dirán que somos unos mierdas (de ahí el nombre de la marcha).
Eso sí, nuestros pulmones están mucho mejor.

O eso creo

jueves, 7 de agosto de 2014

" Las masas son femeninas y estúpidas. Sólo la emoción y el odio pueden mantenerlas bajo control " 
  Adolf Hitler
"el fanatismo es la única forma de heroismo a la que pueden aspirar los débiles " 
 Goebbels

lunes, 4 de agosto de 2014

Documentos sonoros

Es bien conocido no?
Una imagen tal vez valga más de mil palabras, pero una palabra vale por millones de imágenes. Y si esa palabra es hablada, entonces ya es la repera.
Tal vez en ello resida el secreto de que, en plena era de la imagen instantánea, de snapchat, pinterest, instagram, youtube etc, la radio conserve su salud económica y artística (mientas que la prensa escrita se adentra en su particular apocalipsis zombie, qué cosas).
La capacidad evocadora de la voz, la música y los sonidos ambientales supera con pocos medios la mejor de las imágenes cinematográficas. Y todavía se pueden encontrar estupendos ejemplos en la radio actual.
Uno de ellos es el programa Documentos RNE, que cada sábado (ahora en verano de lunes a sábado excepto los viernes) evoca durante casi una hora diferentes epopeyas o momentos trascendentales de la historia con maravillosas ambientaciones sonoras y estupenda documentación de los contenidos.
A destacar entre los recientes el dedicado a la I Guerra Mundial, y a la Expedición Malaspina-Bustamante.
Para oírlos,basta con tener un modesto esmarfon, bajarse la app de RNE y buscar lso archivos en el apartado "A la carta" donde están disponibles los podcast.



domingo, 13 de julio de 2014

Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.
-¿Por qué?
-Estaba desesperado.
-¿Por qué?
-Por nada.
-¿Cómo sabes que era por nada?
-Porque tiene muchísimo dinero.
Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.
-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.
-¿Y qué importa si consigue lo que busca?
-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.
-¿Qué desea?

domingo, 22 de junio de 2014

La Moral del Mendrugo

Es una obviedad, pero la mayoría de las grandes pasiones escritas son propias de los ociosos o de los trepas. Las tramas de Jane Austen, las novelas góticas, las aventuras de Conan Doyle, sus protagonistas no tienen el problema de dedicar doce horas al día a buscarse el sustento. Si lo tuvieran, seguramente sus incontroladas pasiones se verían amuermadas. Hasta Victor Hugo tuvo que inventarse una extraña trama industrial para sacar al Jean Valjean de sus Miserables  de la pobreza, hacerle millonario y (entonces sí) poder hacerle jugar las cartas que le había dado el  destino. Miserable, pero con medios. 
Tal vez sea una de las gandezas del Lazarillo, de Dickens,  y de los mosqueteros de Dumas. Jugar e inventar sobre la moral de la pobreza, del arribismo, de la necesidad de cubrir las necesidades materiales. Hasta David Copperfield debe cumplir su destino de gran escritor para poder alcanzar su fin literario.

Para cuándo una gran novela sobre los perdedores, sobre los auténticos perdedores sociales. ¿O es que es difícil imaginar honduras del alma cuando ésta se ve sometida a la angustia de buscar cada día el mendrugo que echarse a la boca?

Webs amigas
El peligro está en las preguntas


lunes, 28 de octubre de 2013

ASCENSO Y REINADO DE LO CHONI

No hay lugar para la duda: lo choni reina en España.
Lo que antes era marginal, calificado como cutre, asumido por las sujetas como inferioridades derivadas de la falta de formación, estilo y/o cultura, previsible resultado de la imitación deformadora de modelos estéticos superiores realizada por ninfas de alma poligonera, se ha convertido hoy en la norma, en el zeitgeist de la sociedad española, baremo y modelos de comportamiento de la enteléquica mujer promedio ibérica.
Ha ayudado a ello la explosión de los suburbios de las ciudades españolas y el fin de la dicotomía estricta  ámbito urbano vs. ámbito rural, a más del modélico "porque yo lo valgo" de inspiración centenaria y esencia hispana. 
La relativa novedad es que desde hace ya años las chonis han tomado conciencia de su identidad como grupo social dominante, y de la identidad han pasado rápidamente al orgullo identitario, a la constatación interna de que son así y de que está muy bien que sean así, dejando en un rincón oscuro los complejos y calladas vergüenzas.
Y ya estamos inmersos en la tercera fase, que no spielbergiana sino antenatresera, telecinquera, launera y sextera como paso previo al asalto del pret a porter, la constatación ensayística y el reinado social.  Ahora son las televisiones abiertas las que reproducen una y otra vez el modelo de programas y series donde "la choni" es protagonista absoluta, contribuyendo de esta forma a su éxito y a la retroalimentación orgulloidentitaria.
Y pronto (aunque cueste creerlo), algún vanguardista-diseñador-y-modisto-español desdeñará el inspirarse en centurias pasadas o en demodés estilos étnicos, y elevará a la pasarela Cibeles convenientemente reciclada (ah, reciclaje de un estilo reciclado, genialidad regnum!) elevará como decíamos la estética choni, que entonces podrá incorporarse por derecho propio a la marca España, a la que ahora no obstante ya acecha. 
En ese momento podremos corroborar tras largas décadas de debate intelectual estéril que el hecho diferencial español existe, y que sirve para diferenciarnos de esos aburridos centroeuropeos que sólo piensan en prima de riesgo, déficit y memeces semejantes.


PS: Me relamo, me estremezco de placer sólo de pensar en el momento en que nazca mediante un proceso previsible la diferenciación nacionalista, y surja un nuevo subespecímen, la choni catalana, o vasca, o galleguiña...

domingo, 10 de marzo de 2013

La comunidad irreal

No hay nada como los nuevos medios sociales para que algunos de nosotros (los seres humanos) mostremos esos rasgos de estupidez que inevitablemente llevamos dentro, contiguos (a veces) a otras actitudes más elevadas.
Basta que ver la alegría con la que muchos famosos y artistillas se lanzan a contar todas sus opiniones por Twitter, para pocos meses después verse "obligados" a cerrar su cuenta al ver que la misma sirve en un 99% de casos para ser ridiculizados, parodiados o simplemente insultados de forma sistemática. ¿Qué esperaban? O mejor, ¿qué pensaban? Seguramente, creían, benditos, que la sociedad esta llena de personas inteligentes o por lo menos con cierto criterio. Y sí, claro,  esas personas existen, pero a poco que reflexionaran, llegarían a la conclusión de que quien pertenezca a ese selecto grupo no va a dedicar su tiempo a seguir la cuenta de twitter de nadie famoso. Los que lo hacen, claro, son esa amplia, amplíííísima panoplia de aburridos mentales que dedican buena parte de su actividad mental a meterse con otros o a ridiculizar y sacar punta cualquier comentario ajeno. Es decir, a ejercitar el estilo ibérico por antonomasia. Con una ventaja, lo que antes se hacía en la barra de un bar ahora gracias a la tecnología lo pueden lanzar al mundo virtual y ser leído y compartido por miles de personas. Y esos son los que conforman la "comunidad twitter" en un amplio porcentaje. Je. Je...
Por no hablar de facebook, instrumento que no puede dejar de ser utilizado por emisoras de radio y televisión para "pulsar" la opinión en tiempo real de sus teleoyentes. ¿De verdad piensan que son una muestra representativa de la sociedad aquellos que mientras ven un programa de televisión o radio conectan con su ordenador o tablet a facebook para dejar su comentario en la página de facebook de ese mismo programa??? ¿O son casos de tecnológicodependientes, de los que habría que fiarse lo justo?
Pero el fulgor de las "redes sociales", ese halo de que son lo más "in", en vez de lo más superficial, ese ansia de "estar a la última", puede con todo, incluso con el criterio de los escasos periodistas con criterio propio que se ven por los medios de este país...

Webs amigas
Las preguntas son el peligro

lunes, 31 de diciembre de 2012

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"Creo que sólo pueden ser de izquierdas aquellos que conservan la fe en el ser humano, en su bondad y en su solidaridad.
Cuando esa fe se ha perdido (o nunca se ha tenido), sólo resta intentar fijar unas reglas de juego semejantes para todos, de forma que (en la medida de lo posible) los abusos tengan su castigo y  todos tengan parecidas oportunidades de inicio para buscar su provecho, o, incluso, para ser morales. Algunos lo llaman a eso la ley de la selva. Yo lo llamo ser un liberal."

Martin Fieldstman


domingo, 10 de junio de 2012

Un teólogo en la muerte

Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo:
-He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe.
Esas cosas las decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron este discurso, lo abandonaron. A las pocas semanas, los muebles empezaron a afantasmarse hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel y el tintero. Además, las paredes del aposento se mancharon de cal, y el piso, de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más ordinaria. Seguía, sin embargo, escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, lo trasladaron a un taller subterráneo, donde había otros teólogos como él. Ahí estuvo unos días y empezó a dudar de su tesis y le permitieron volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse que lo anterior había sido una mera alucinación y prosiguió elevando la fe y denigrando la caridad. Un atardecer, sintió frío. Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás aposentos ya no correspondían a los de su habitación en la tierra. Alguno contenía instrumentos desconocidos; otro se había achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado, pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos. La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no tenía cara y otras parecían muertas, acabó por aborrecerlas y desconfiar. Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció porque las componía sin convicción.
Recibía muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor y de serenidad. Apenas las visitas se retiraban reaparecían la pobreza y la cal, y a veces un poco antes.
Las últimas noticias de Melanchton dicen que el brujo y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.
FIN

domingo, 27 de mayo de 2012

...

"Fairy Tales are more than true; not because they tell us that dragons exist, but because they tell us that dragons can be beaten"

G.K. Chesterton



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