domingo, 22 de junio de 2014

La Moral del Mendrugo

Es una obviedad, pero la mayoría de las grandes pasiones escritas son propias de los ociosos o de los trepas. Las tramas de Jane Austen, las novelas góticas, las aventuras de Conan Doyle, sus protagonistas no tienen el problema de dedicar doce horas al día a buscarse el sustento. Si lo tuvieran, seguramente sus incontroladas pasiones se verían amuermadas. Hasta Victor Hugo tuvo que inventarse una extraña trama industrial para sacar al Jean Valjean de sus Miserables  de la pobreza, hacerle millonario y (entonces sí) poder hacerle jugar las cartas que le había dado el  destino. Miserable, pero con medios. 
Tal vez sea una de las gandezas del Lazarillo, de Dickens,  y de los mosqueteros de Dumas. Jugar e inventar sobre la moral de la pobreza, del arribismo, de la necesidad de cubrir las necesidades materiales. Hasta David Copperfield debe cumplir su destino de gran escritor para poder alcanzar su fin literario.

Para cuándo una gran novela sobre los perdedores, sobre los auténticos perdedores sociales. ¿O es que es difícil imaginar honduras del alma cuando ésta se ve sometida a la angustia de buscar cada día el mendrugo que echarse a la boca?

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