lunes, 18 de mayo de 2015

El capitalismo nos salvará

Leía ayer, en la sala de espera de un bufete de abogados, esa visión del mundo políticamente correcta llamada “El País Semanal”, revista donde todo el mundo hace declaraciones solidarias, estilosas, y con la dosis de rebeldía adecuada para sentirnos inteligentes y llenos de buenas intenciones. En fin, a lo que iba. Entrevistaban a un escritor inglés que exponía su opinión, que no era otra que ésta: es el capitalismo y no la bondad humana lo que puede hacer que revirtamos el cambio climático en el que ya estamos metidos. 
No puedo sino de coincidir al 100% con esa visión. El ser humano es como es, ni bueno ni malo, sino interesado. El ansia por el dinero nos ha metido en el agujero económico en el que hoy vive medio mundo. Pero, si las energías verdes son negocio, esa misma ansia de rentabilidad será la que consiga que dejemos de extraer millones de toneladas de un aceite viscoso y negro de las entrañas de la tierra para quemarlo alegremente y soltarlo a nuestra frágil atmósfera. Eso, y no el amor por el cielo azul es lo que conseguirá salvarnos, aunque este último pueda generar bonitas poesías.
¿Cinismo? Lo dudo. Más bien realismo. La inversión necesaria para reconvertir todos los procesos productivos,  extractivos y motores que actualmente utilizan combustibles fósiles hacia las fuentes de energía renovables o acaso menos agresivas con el medio ambiente, no va a salir de la inversión pública, ni de la planificación de ningún ministerio de economía. Ni de Greenpeace, ni de aportes solidarios. Nos guste o no, va a salir de los banqueros, de esos mismos que han hinchado la burbuja inmobiliaria. Y se forrarán (otra vez) con ello. Mejor aceptarlo, para luego no sentirse estafado. 
 Pero la clave para que ocurra esto y no acabemos con una temperatura mundial promedio dos grados más alta (lo que permitiría hacer champán en Inglaterra, pero también cultivar dátiles en Asturias), es, como parece obvio, saber canalizar la voracidad capitalista hacia los objetivos adecuados. Los reguladores son por tanto la llave. Martin Fieldstman lo reflejó en la parábola del hombre en el campamento: una persona está aislada en un campamento inhóspito en la Antártida, a más de cien kilómetros de cualquier punto civilizado, con dos kilos de maíz y una jauría de cuatro perros semisalvajes como única compañía. Si consigue atarlos a un trineo y controlarlos a latigazos, tal vez pueda salvar la distancia y encontrar ayuda, habrán sido su salvación. Si por el contrario no los sabe controlar, éstos se abalanzarán sobre la última reserva de comida del campamento, para luego irse en búsqueda de otras presas. Los mismos perros habrán sido su perdición. 
Aunque claro, si tenemos reguladores como los que tenemoscreo que será mejor irnos acostumbrando a la carne de perro.

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